Mozart y La Muerte: La Gran Tribulación del Genio

Un drama de Thornton Wilder

Death is not the end, but only a transition…1
-John Myung-

Cuando se estrenó  la producción fílmica de 1984, intitulada Mozart, (de acuerdo al drama de Peter Shaffer), se le dio un sesgo más real y una explicación más humana y apropiada para la leyenda que se susurraba en voz baja sobre el músico genial de Salzburgo: la leyenda relata que Mozart, en los últimos días de su vida, obligado a escribir por encargo para enfrentar sus gastos más elementales de subsistencia, aceptó hasta dar clases: en las cartas del compositor se sabe que ello le molestaba mucho. Acaso porque en realidad despreciaba tener que enseñar los secretos de su arte a un profano, y el respeto que le debía a la música no admitía que se le instruyera  a cualquiera en ello. Acaso porque hería su ego tener que mostrar a personas lerdas (según él) los secretos de la interpretación del piano. La creación había sido, hasta ese momento, sólo una ceremonia privada entre él y la música.

Pero todo cambió cuando Mozart recibió la visita de un extraño visitante. Los biógrafos del músico explican que no había gran misterio en ese mensajero, quien se dijo que venía de parte del Conde Franz Von Walsegg, quien habría sufrido en aquel entonces la sensible pérdida de su esposa, y estaba en búsqueda de un músico que compusiera en su memoria un Réquiem para ella.

El Réquiem o Misa de Réquiem es la composición de una misa entera basada en la letra en latín  de los salmos, destinada a interpretarse durante el funeral de un fallecido. La única excepción a esta regla de que fuera en latín fue el famoso Réquiem Alemán de Johannes Brahms que, como su propio título lo señala, se encuentra escrito en esa lengua.

Quien escuche un Réquiem, advertirá de inmediato todas las partes de una misa católica: un canto de apertura (el Réquiem propiamente dicho), un Señor, Ten Piedad (Kyrie Eleison), y en esa secuencia todas las piezas que se cantan en los momentos de la misa, pero con la intención de honrar a un fallecido.

Este tipo de composición era lo que requería Franz Von Walsegg: una misa de muertos para su esposa. Y eso fue lo que comenzó a componer Wolfgang Amadeus Mozart. Pero no terminó de hacerlo: la muerte se lo impidió. Y la leyenda comenzó.

Suele decirse que aquel criado del Conde Franz Von Walsegg era en realidad un emisario de la Muerte, o la Muerte misma. Y aunque está confirmada la existencia de Von Walsegg, y asimismo los tratos que solía hacer con los músicos este noble señor, la tentación para hacer de este evento una leyenda fue más fuerte que la evidencia de la realidad.

Thornton Wilder
Thornton Wilder

Thornton Wilder (17 de abril de 1897, Madison Wisconsin – 7 de diciembre de 1975, Hamden, Connecticut) se inspiraría en esa leyenda para una de sus obras cortas de teatro (llamadas en inglés como Playlet, palabra con la que se denota su brevedad en ese idioma): Mozart and the Gray Steward sería uno más de los textos que intentarían darle forma a esta leyenda: antes Aleksandr Pushkin ya lo habría hecho, con su breve drama Mozart y Salieri, y sin duda el propio Shaffer con su Mozart ya le había dado incluso la identidad al misterioso sirviente con el músico Antonio Salieri, al servicio de la corte de José II, introduciendo a este músico italiano como el que habría acabado con la vida de Mozart, al hacerle temer por su vida e irlo enloqueciendo gradualmente.

La trama del texto de Shaffer, sin duda, es una de las más originales. Sin embargo, para el norteamericano Thornton Wilder la versión del británico respondía más a la búsqueda de realismo. Pero a Wilder le preocupaban otras cosas. Al solitario chico que se apartaba de sus compañeros, distanciándose así de la humillación y la burla que sufría por ello, tal vez le angustiaban otras cosas en la leyenda de este sirviente (a quien él convierte en un  Lacayo Gris en su versión teatral).

Mozart: (…) For whom do we write music? — for musicians? Salieri! —for patrons? Von
Walsegg! — For the public? The Countess Von Walsegg! — I shall write this Requiem,
but it shall be for myself, since I am dying.(…)2

¿Para quién escribimos música? La respuesta de Mozart pasa por varios puntos de reflexión que son muy congruentes con el Mozart histórico, pues cuando menciona que si el músico compone para el público, restalla con sarcasmo la respuesta que él se da a sí mismo, exclamando : «¡La Condesa Von Walsegg!», es decir: la difunta.

Decidir que escribe el Requiem para sí mismo, además de ser otra muestra del orgullo que él sentía por su propio genio, es además un reconocimiento de que su vida se extingue. Y no puede irse sin dejar una muestra de su propio genio para componer su propia despedida. Muy probablemente Shaffer aprovecha esto para poner en boca de su personaje de Antonio Salieri el macabro plan vengativo que quiere llevar a cabo contra Mozart: lo aterrará convirtiéndose en un siniestro criado que le exigirá que escriba un Requiem, y el propio Salieri dirigirá a la orquesta en el funeral. Incluso este personaje de Antonio Salieri dirá que el Requiem es su propia composición para «su gran amigo Mozart».

Thornton prefiere poner esta preocupación por su muerte, y el deseo de escribir su propia misa de muertos en boca del mismo salzburgués. Este Mozart se comporta de manera decididamente sardónica, indolente a veces, y sólo preocupado por lo que compete a su subsistencia. Tan poco le importa, que inicialmente no le produce problema que su obra se la apropie alguien. Alguien que hasta su esposa Constanze sabe que es incapaz de hacer algo como una composición de su marido.

Constanze: (…)You know he will only be laughed at. The music will speak for itself. (…)3

El genio, pues, se reconoce. Incluso hasta después de la muerte. Pero Mozart no ha recorrido ningún camino arduo para tener ese talento. Por eso, Pushkin y Shaffer, al igual que Wilder, exageran la actitud un tanto superficial y hasta displicente del compositor de La Flauta Mágica, mostrándolo como un niño caprichoso, como un manirroto insufrible a veces.

El problema es que sus prepocupaciones no son, en absoluto, sólo referidas a la sencilla tarea de la supervivencia. Poco después, cuando su esposa Constanze le ha puesto una manta para que duerma, y Mozart comienza a soñar con el Lacayo Gris, ahora le dice que en definitiva…

(…) Mozart (Not turning): You are the steward of the Count Von Walsegg. Go tell him write his own music. I will not stain my pen to celebrate his lady, so let the foul bury the foul. (…)4

A Mozart, en efecto, le preocupa que su música vaya para alguien que no lo merece, ni que alguien que no lo amerita diga que la maravilla que seguro escribirá Mozart se le atribuya a otra persona. Una vez más, en acuerdo a las cartas personales de Wolfgang Amadeus, esta actitud es muy congruente con el autor de la Sinfonía No. 40: el genio sólo debe ser ostentado por quien lo tiene. Pero en la ficción literaria, los autores encuentran que su actitud debería ser castigada, incluso con la Muerte, porque con esa soberbia fatal esta despreciando a aquellos a quienes, según el lacayo gris, son a quienes les debe esto:

(…) The Gray Steward: You are to give a voice to all those millions sleeping, who have not but you to speak for them. (…) Only through the intercession of great love, 
and of great art, which is love, can that despairing cry be ceased. Was
not that sufficient cause for this comission to be anonymous? (…)5

La comisión debe ser anónima, porque el genio y a quien le ha sido dado el genio es para que represente a quienes no lo tienen, a quienes no les ha sido dado ese don. Todo don es para servir como intercesión ante el Altísimo para que cesen sus llantos. Cada obra de un genio debe ser en representación de toda la Humanidad, y para la Humanidad, así como las vacunas de Pasteur deben ser para la salud y el bien de los seres humanos. Pero, ¿qué pasa con el que ha sido depositario de ese genio? ¿Acaso sólo es como un vehículo, como un contenedor del genio que le pertenece a todos y que hablará por todos? No es raro que se sienta vacío. Y que ese orgullo, casi rayano en soberbia, sea en realidad uno de esos llantos desesperados por ser alguien. Por ser reconocido. Aún en la muerte.

(…) Mozart: I have sinned, yet grant me one thing:  grant that I may live to finish the Requiem.6
(…)

Y la Muerte dice: «¡No, no, no!».

Se ha supuesto que la actitud de Mozart se debe a que como no tuvo que hacer nada para tener el genio, esa falta de trabajo no le permitió madurar acorde a ese esfuerzo. Para llegar a una madurez, suelen necesitarse el dolor y el sufrimiento para apreciar y merecer ese talento. Beethoven hubo de sufrir para conseguir la esencia de la felicidad en ese canto coral de su Novena Sinfonía, precedida por el dolor de la existencia de un músico obligado al martirio de ser sordo. A Mozart se le dio con sencillez lo que a Beethoven le supuso un calvario.

Pero Wilder adivina que el calvario de Mozart es reconocerse genio, saber que los que no merecen ese genio son los que le permiten sobrevivir, y que incluso a las puertas de la Muerte, ese genio no le pertenece a él. Le pertenece a esa grosera, ignorante humanidad que no entienden cuál es la tribulación de tener un genio que no te pertenece a ti, ¡que ni siquiera en tus últimas horas te sirve para componer tu propia despedida, toda vez que los seres humanos lo han olvidado hasta reducirlo a ese estado de precariedad en el que vivió Mozart en los últimos años de su vida!

La aparente liviandad de Mozart aparece, en el texto de Wilder, fustigada por este elegante lacayo que (¡cosa curiosa!), no va vestido de negro, como cabría suponer de la Muerte misma. Probablemente esa vestimenta que no es de un color ni de otro habla de esa mediocridad con la cual Mozart juzgaba que los demás tenían en sí el germen de dicha intrascendencia. Una intrascendencia a la cual le huía, como le huyen todos los genios quienes, al final, viven atormentados por sus talentos. Tal vez sea cierto, (y para concluir) lo que el propio Lacayo le dice a Mozart:

The Gray Steward: (…) Know henceforth than only who has kissed the leper can enter the kingdom of art. (…)7

PAROUTY, Michel; Mozart, Amado de los Dioses; Trad al Esp. de J. Ramón Azaola; 1990; Ed. Aguilar; Madrid, España.

WILDER, Thornton; El Ángel que Perturbó las Aguas; Trad. Al Esp. Felipe Reyes Palacios; 1976; Col. Textos de Teatro No. 3; UNAM, Ciudad de México, México. 

Mozart and The Gray Steward: https://www.google.com.mx/books/edition/The_Collected_Short_Plays_of_Thornton_Wi/hvnoCAAAQBAJ?hl=es-419&gbpv=1&dq=Mozart+and+the+Gray+Steward+Thornton+Wilder&pg=PA57&printsec=frontcover

  1. «La muerte no es el fin, sino sólo una transición. ↩︎
  2. Mozart: (…) ¿Para quién escribimos música? ¿Para los músicos? ¡Salieri! ¿Para los mecenas? ¡Von Walsegg! ¿Para el publico? ¡La Condesa Von Walsegg! escribiré est requiem, pero será para mí mismo, porque estoy muriendo.(…) ↩︎
  3. Constanze: (…)Sabes que sólo se reirán de él. La música hablará por sí misma… (…) ↩︎
  4. Mozart: (Sin voltear) (…) Eres el lacayo del Conde Von Walsegg. ve a decirle que escriba su propia música. No mancharé mi pluma para celebrar a su dama. Que los viles entierren a los viles.(…) ↩︎
  5. El Lacayo Gris: (…) Debes darle una voz a todos esos millones durmiendo, que no te tienen sino a ti para que hables por ellos. (…) Sólo con la intercesión del gran amor y del gran arte que es el amor puede cesar ese llanto desesperante. ¿No fue esto suficiente causa para que la comisión fuera anónima? (…) ↩︎
  6. Mozart: (…)He pecado. Sólo concédeme una cosa. Concédeme que pueda vivir para terminar el Réquiem.(…) ↩︎
  7. El Lacayo Gris: (…) Aprende de aquí en adelante que sólo quien ha besado al leproso puede entrar en el reino del arte.(…) ↩︎
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Una respuesta a «Mozart y La Muerte: La Gran Tribulación del Genio»
  1. Avatar de barrufet4

    Como decimos por aquí, genio y figura hasta la sepultura. ¡Bravo, maestro! 👏👏👏

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